
Los paseos por las calles anchas, y las sombras de las alamedas se me vienen a la mente ahora, el olor a la tierra seca, comiendo manzanas verdes y mandarinas, prontos a llegar a la casa de campo que se abre al cerro; aire que llena los pulmones de frescura y alegria sutil.
El perro que amenaza al caminante desprevenido es quien nos viene a recibir cansados y con los zapatos cubiertos de polvo, las calcetas plomas. Llegamos y nos saluda con la brusquedad propia del quiltro viejo y libre. Nos sentamos en el sillon duro y gastado, frente a la tele en blanco y negro que cambia el canal con un alicate. La tia esta en la cocina, bailando con los olores a pan amasado y brasas. Calor infernal en esa cocina de ventanas cerradas en un dia soleado y sonriente, pero lo soportamos ansiosos a la espera del jugo de duraznos, y sabiendo que la once nos espera con pan caliente con mermelada casera de mora y nuez, y un te con canela que pela la lengua. El gato flaco se sube al sillon, y parece ser confidente, confianzudo se sube a tus piernas y comienza a clavar sus uñas en tu pantalon de mezclilla. Y yo me rio viendo tu cara de espanto.
Dentro de la casa hace frio, el cielo es muy alto y la casa es oscura, pero sabemos, por la luz de la cocina y los olores que se desea al visitante. Sabemos que en la crudeza de agosto esa salita acompañada por la salamandra no le envidia nada a los calores del trópico, y que tiene por ventaja los olores a eucalipto, sopaipilla y limón.
Me sigues al patio, a la sombra del parron, desde donde solo con alzar la mano te encuentras con morbosos racimos de uva negra teñida por el polvo. Reimos a ojos cerrados llenos de lágrimas, y hablamos desde el azul del cielo, hasta los planes de tu mamá por comprarse esas botas negras del año pasado. En el descanso, en ese sutil silencio adornado por las música del campo vemos el cielo amplio y gritón, con sus dos nubes mesquinas, y pronosticamos el clima de este invierno, apostando entre el frio seco y la lluvia lastimosa. Me dices que planeas irte a vivir al campo de aqui a diez años más.
Creo -te digo- , que en diez años más no me habré dado cuenta como pasa el tiempo, teniendo cada año un veinte de febrero y un trece de agosto. No me imagino a los treinta. Espero, vivir aqui mismo, en el campo, y que las calles sean mi escenario. Supongo que tendré un Elías, y si el amor ya es para mi, una Micaela. te imaginas, despues de mucho tiempo, vernos en esas circunstancias, tú, más gordo, y tu pelo más corto. Yo, con las patas de gallo marcadas por tanto reir. Será casi imposible reconocer en aquellos cuerpos el recuerdo que teniamos, los de estudiantes un poco serios un poco en broma, soñando, cada vez que nos vemos, que avanzamos por esas calles polvorientas, y las alamedas.
El perro que amenaza al caminante desprevenido es quien nos viene a recibir cansados y con los zapatos cubiertos de polvo, las calcetas plomas. Llegamos y nos saluda con la brusquedad propia del quiltro viejo y libre. Nos sentamos en el sillon duro y gastado, frente a la tele en blanco y negro que cambia el canal con un alicate. La tia esta en la cocina, bailando con los olores a pan amasado y brasas. Calor infernal en esa cocina de ventanas cerradas en un dia soleado y sonriente, pero lo soportamos ansiosos a la espera del jugo de duraznos, y sabiendo que la once nos espera con pan caliente con mermelada casera de mora y nuez, y un te con canela que pela la lengua. El gato flaco se sube al sillon, y parece ser confidente, confianzudo se sube a tus piernas y comienza a clavar sus uñas en tu pantalon de mezclilla. Y yo me rio viendo tu cara de espanto.
Dentro de la casa hace frio, el cielo es muy alto y la casa es oscura, pero sabemos, por la luz de la cocina y los olores que se desea al visitante. Sabemos que en la crudeza de agosto esa salita acompañada por la salamandra no le envidia nada a los calores del trópico, y que tiene por ventaja los olores a eucalipto, sopaipilla y limón.
Me sigues al patio, a la sombra del parron, desde donde solo con alzar la mano te encuentras con morbosos racimos de uva negra teñida por el polvo. Reimos a ojos cerrados llenos de lágrimas, y hablamos desde el azul del cielo, hasta los planes de tu mamá por comprarse esas botas negras del año pasado. En el descanso, en ese sutil silencio adornado por las música del campo vemos el cielo amplio y gritón, con sus dos nubes mesquinas, y pronosticamos el clima de este invierno, apostando entre el frio seco y la lluvia lastimosa. Me dices que planeas irte a vivir al campo de aqui a diez años más.
Creo -te digo- , que en diez años más no me habré dado cuenta como pasa el tiempo, teniendo cada año un veinte de febrero y un trece de agosto. No me imagino a los treinta. Espero, vivir aqui mismo, en el campo, y que las calles sean mi escenario. Supongo que tendré un Elías, y si el amor ya es para mi, una Micaela. te imaginas, despues de mucho tiempo, vernos en esas circunstancias, tú, más gordo, y tu pelo más corto. Yo, con las patas de gallo marcadas por tanto reir. Será casi imposible reconocer en aquellos cuerpos el recuerdo que teniamos, los de estudiantes un poco serios un poco en broma, soñando, cada vez que nos vemos, que avanzamos por esas calles polvorientas, y las alamedas.