
Doctor, le tengo una queja.
y es que en realidad me preocupa la cercanía de los ojos, la mirada penetrante masculina, cuando no la deseo.
Y, caballero, apurese en aclarar ese nudo en mi cabeza.
No, no se ria diciendo que tengo el pelo enredado. No me causa gracia, menos porque ya metí las patas tan adentro en el barro, que ya ni pensar claro puedo.
Oiga, le exijo respuestas ya.
Digame, señor: debo pensar en amor todo el tiempo?...
No, cierto?...
Porqué, entonces, la cabeza no deja de dar vueltas lentas y amplias?
Porqué se oyen nombres, siluetas que podrían servir para el abrazo, para el dormir tranquilo, y para el nuevo viaje...
A la vez se rechazan. No. Surge nuevamente la voz esta que se queja por no ser independiente.
La niña, doctor; se apodera. Y nos preguntamos ella y yo si solas somos suficientes, o realmente debieramos jugar a amar.
Pero, señor doctor.
mi consulta iba a otra cosa...
quería decirle que...
y, ay, ya lo empece a decir, pero me cuesta...
siento un poco de pena.
ya no soy parte de mi lugar
no veo en las caras de mi gente la familiaridad
y lloraría dos lagrimas,
me organizo y ya soy de mi.
sola pues.
Lo dificil será dejar de ser la niña sola
para ser la sola a secas.
Al vivir independiente, no se permite el puchero...
Es precisa la valentía.
Y... está en este corazón tembloroso?
Seríamos capaces de hacer inventario de las virtudes en este cajón?
Ya, menos palabras y más accion, claro.
Lo último, si huyo...
huyo sola?
está mi corazón, en esa casa
y se quedaría aguantando lo que yo dejo.
mi chiquita, y pesa la promesa esa.
Ya no se, caballero,
si me voy porque quiero,
porque debo
o porque grito.
Ay!
lo siento...
que le digo...
olvidelo.